martes, 21 de febrero de 2017

UN TESTIMONIO: "VIVIENDO CON TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO COMPLEJO DESPUÉS DE UNA RELACIÓN ABUSIVA"



Hace unos días leí un testimonio muy lúcido sobre las secuelas psicológicas que había experimentado una mujer como consecuencia de una relación de pareja en la que había sufrido diversos tipos de maltrato. He decidido traducirlo de su original en inglés porque considero que esta descripción puede ayudar a muchas personas que han vivido algo así a poner palabras a sus vivencias.

En la revista en la que se ha publicado (Elephant Journal), me han autorizado a realizar la traducción y publicarla en mi blog. El título original es  "Living with C-PTSD Following an Abusive Relationship", vía Alex Myles


Aquí está el testimonio:

Por muchos años viví una relación extremadamente destructiva con alguien que padece un trastorno narcisista de la personalidad. Durante este tiempo fui sometida, de forma regular, a una serie de abusos emocionales, mentales y físicos.

Todos los días caminaba como sobre cáscaras de huevo, viviendo con temor de decir o hacer algo que pudiera provocar una respuesta agresiva.

Muchas personas pueden preguntarse por qué yo, o cualquier otra, puede permanecer en este tipo de ambiente, pero cuando llegó el momento en el que me di cuenta de que estaba en un peligro extremo ya estaba muy mal emocionalmente y débil mentalmente.

Yo estaba viviendo en el terror, esperando ser atacada en cualquier momento y aún así no sentía que tuviera la fuerza o el coraje que me pudiera sacar de ahí.

El abuso no suele suceder abiertamente y no siempre es fácil de reconocer. A menudo es un goteo oculto, insidioso e invisible que lentamente envenena la mente de la víctima de tal forma que no confía en sus propios juicios, es incapaz de tomar decisiones que cambien su vida y siente como si no tuviera las habilidades de afrontamiento adecuadas para encontrar ayuda o salir de la situación.

Me tomó mucho tiempo, y todo lo que tenía, conseguir sacarme del fondo del profundo infierno en el que estaba y moverme a un lugar de seguridad.

Para cuando me alejé pensé que la pesadilla había terminado. Pero en muchos otros sentidos acababa de empezar.

Los terrores relacionados con las burlas, torturas y tormentos que se habían convertido en mi cotidianidad no disminuyeron. Permanecían vivos y revivían en forma de flashbacks intrusivos y frecuentes.

Muchos meses después de haber dejado la relación descubrí que había sufrido un trastorno de estrés postraumático complejo (TEPT-C). El TEPT-C es el resultado de un trauma psicológico persistente en un ambiente en el que la víctima siente que  es impotente y que no hay escapatoria. Ese trastorno es ligeramente diferente al trastorno de estrés postraumático (TEPT), que se genera por experimentar una experiencia traumática aislada o por una acumulación de varias experiencias traumáticas. Aunque tanto el TEPT-C como el TEPT se desarrollaron a partir de mis experiencias, yo me identifico más con el TEPT-C, ya que lo que más me afectó se generó por una prolongada exposición a un trauma crónico y repetitivo del que sentía que no podía escapar.

Durante muchos meses después de dejar la relación no conseguía dormir por las noches, y cuando lo hice, a menudo me despertaba temblando después de sufrir sueños recurrentes aterradores. En muchas ocasiones, cuando finalmente dormía, podía llegar a dormir hasta 24 horas seguidas, en un sueño tan profundo que me costaba despertar de él y cuando despertaba me sentía fatigada, semi-consciente, somnolienta y como sonámbula a lo largo del día.

Me asustaba fácilmente y sentía pánico ante el menor movimiento repentino o ruido fuerte.

Estaba ultra sensible, al límite y con un alto nivel de alerta la mayoría del tiempo, que  creo que era una forma en la que mi mente adoptaba algún tipo de autoprotección para mantenerme consciente y así evitar situaciones similares que fueran potencialmente peligrosas.

Ante la mención de ciertas palabras, nombres o lugares sentía nauseas y mareo y podía volverme extremadamente angustiada. Se desarrolló un intenso nudo en mi estómago cada vez que algo me recordaba el trauma.

Todavía tengo dificultades para recordar largas fases de mi vida, y por un largo tiempo luchaba por mantenerme concentrada, mis habilidades de concentración eran muy pobres.

Me alteraba fácilmente, especialmente si estaba en un ambiente tenso. Tenía una ansiedad constante y estaba en modo de pelea o muy activada.

No comía adecuadamente. No tenía motivación y regularmente mi mente se inundaba por pensamientos suicidas.

Había perdido mi chispa.

Un aspecto de las secuelas de la relación que más me afectó fue el gaslighting (“luz de gas”) diario que soporté. Esto me dificultó creer en cualquier cosa que la gente me dijera; analizaba, cuestionaba y diseccionaba todo.

Era casi imposible crear nuevas relaciones, ya fueran de amistad o románticas, mientras luchaba por confiar en las intenciones de las personas y me sentía asustada por posibles motivos subyacentes y ocultos para sus palabras o acciones.

Disocié la mayor parte de lo que había atravesado y pretendí fingir, incluso a mi misma, que el abuso no era tan grave como lo fue. En parte porque me sentía avergonzada por no haberme ido antes y también porque quería defender y proteger a la persona con la que estaba involucrada, ya que todavía me preocupaba por él. Por lo tanto, raramente mencioné la relación con nadie y congelé y cerré a través del estrés (a veces resultando en un colapso nervioso) cuando alguien trató de hablarme de ello.

Llegó la etapa en la que me retiré por completo al salir de la casa, lo que se convirtió en una prueba abrumadora y en una experiencia penosa porque no podría abrirme y conectarme con nadie y me sentía aterrorizada de todo y de todos.

Una cosa que se hizo evidente y angustiante fue que, aunque había ganado la fuerza suficiente para alejarme y me sentí fortalecida por la decisión sabiendo que era la elección correcta para mi salud emocional, mental y física, estaba suprimiendo todas mis emociones y sentimientos y estaba lejos de estar bien por dentro.

Había atrapadas dentro de mi muchas emociones como de montaña rusa y el tratar de ignorarlas y de contenerlas hacía más mal que bien. En muchos aspectos, el final de la relación había marcado el cese de una fase de mi vida y había abierto un nuevo capítulo al que iba a tomar su tiempo acostumbrarse.

Parecía que mientras yo estaba en la relación me había acostumbrado tanto a soportar una amplia variedad de comportamientos narcisistas que casi se habían vuelto normales y aceptables. Al alejarme de todo lo que había conocido, sentí que había ido de un planeta a otro y que no tenía ni idea de cómo navegar por mi cuenta o de cómo relacionarme con nadie en el nuevo planeta.

Pronto me di cuenta de que a menos que comenzara a enfocarme en curarme a mí misma, seguiría siendo una víctima de mis circunstancias anteriores, ya que la acumulación de lesiones emocionales, heridas y cicatrices necesitaba una atención urgente. De lo contrario, se filtrarían y destruirían en silencio secciones de mi vida sin que yo me diera cuenta de que el pasado todavía me controlaba.

Me correspondía a mí reconstruir mi fuerza y ​​mi confianza, de lo contrario terminaría alienándome a mi misma y causando más daño.

Tuve que hacer un montón de trabajo de sanación interior y de reestructuración y tuve que tratar de convencerme de que no iba a ser suficiente el haber dejado la relación para que todo estuviera bien.

El paso primero y más significativo que di fue admitir y aceptar plenamente que la carnicería que había experimentado era real y que tuvo un enorme impacto en mi bienestar emocional y mental.

Había estado sobreviviendo por un frágil hilo en una zona de guerra doméstica y durante mucho tiempo había sido intimidada, manipulada, engañada y amenazada, entre muchos otros comportamientos tóxicos y disfuncionales. Toda la relación había sido una ilusión y me había llevado a tener graves problemas de confianza, así como a perder la voluntad de vivir. No sólo luché para confiar en otras personas, sino que también me di cuenta de que no tenía fe en absoluto en mi propia intuición, percepción o juicio.

Finalmente, me di permiso para tomar el tiempo que necesitaba para sanar, incluso si eso significaba que pasaría el resto de mi existencia poniendo juntas de nuevo las piezas de mi vida. He llegado a aceptar el hecho de que no hay un calendario exacto para la curación y que no hay prisa.

Me permitía llorar la relación y la pérdida de la persona de la que me había separado. Esto fue extremadamente difícil de hacer, al tener tantas emociones mezcladas debido a la amplitud del abuso. Durante mucho tiempo negué mi pena, ya que era complejo llegar a un equilibrio con la forma en que podía extrañar a alguien que había sido responsable de la conducta tóxica hacia mí.

Una de las partes más difíciles de lidiar con este dolor era sentir que no podía hablar abiertamente con nadie, ya que creía que nadie iba a entender cómo podía permanecer en una relación tan abusiva, además de extrañar muchos aspectos de esa persona y de la vida que yo tenía con dichos aspectos.

La razón por la que puede ser tan difícil superar este tipo de relación es porque muchos narcisistas muestran tanto características de "Jeckyll” como de “Hyde", por un momento se muestran extremadamente amorosos y afectivos y en el siguiente paralizantes, crueles y astutos.

No es fácil explicar que amaba profundamente y que echaba mucho de menos un lado de la persona con la que estaba involucrada, y a la vez otro lado no me gustaba, que temía y que nunca quería oír mencionado al mismo tiempo. Pensar en esto puede hacer incluso que una se sienta un poco loca, ya que no siente que sea natural amar y odiar a una misma persona.

Creo que un paso esencial para la curación del abuso narcisista es encontrar a alguien en quien realmente confiar, y que no juzgue o cuestione nada de lo que se dice. El ser libre para hablar abierta y cómodamente, sin tener que sobreexplicar es vital para empezar a poner el cúmulo de experiencias en algún tipo de contexto. Si no hay un amigo a mano, vale la pena dedicar tiempo a buscar un buen terapeuta que comprenda lo que es el  TEPT-C provocado por relaciones abusivas.

Lo más importante que me ayudó a superarlo estaba más enfocado en sanarme y en reconstruirme a mi misma. Aunque me tomaba tiempo para investigar y obtener conocimiento y comprensión del tipo de abuso al que había sido sometida, pasé mucho más tiempo entregándome a lo que sentía que hacía bien a mi alma.

Me reconstruí con lentitud y con seguridad, formé nuevas amistades, aprendí a confiar en la gente y perdoné todo lo ocurrido en el pasado. Todavía hay días que me persigue, pero hay una luz brillante en el extremo del túnel, incluso aunque sea difícil creer que cuando  das los primeros pasos hacia la aceptación el camino por delante empieza a quedar claro.

La curación viene a la vez que se va dando cada pequeño paso, con cuidado suave y cariñoso, y sin prisas.




domingo, 4 de diciembre de 2016

RELIGIOSIDAD, ESPIRITUALIDAD Y ALIMENTACIÓN




En muchas tradiciones espirituales nos encontramos con indicaciones acerca del cuidado de la salud y más específicamente sobre qué alimentos tomar o evitar. Lo que es menos frecuente es encontrar indicaciones acerca de alimentación más saludable o sobre un cuidado adecuado del cuerpo.  Quizás porque cuando surgen las diferentes religiones hay otras prioridades o no hay muchos conocimientos acerca de una alimentación saludable. 

Sí encontramos algunas indicaciones en tradiciones de Oriente (en la Medicina Tradicional China, en la Medicina Ayurvédica, etc.).

Es interesante que en todas las tradiciones se bendiga la mesa antes de empezar a comer, lo que indica una actitud de respeto y de gratitud frente a los alimentos que comemos. ¿Por qué entonces no tener en cuenta más conscientemente lo que comemos?

En Occidente es donde las indicaciones acerca de una vida saludable ligada a la espiritualidad son más limitadas. Encontramos alguna indicación de ayunos temporales o de privación de ciertos alimentos, de forma ocasional, pero casi nada en el sentido del cuidado de la salud física considerando la alimentación… No obstante, tenemos la afirmación en el Cristianismo de que “el cuerpo es el templo del espíritu” y, si es así, ¿por qué no se considera, de manera explícita, un cuidado responsable del cuerpo?

Los estudios científicos que muestran la estrecha relación entre nuestra salud y los hábitos alimentarios son muy numerosos. Muchas enfermedades cardiovasculares y metabólicas, además de diversos tipos de cáncer tienen que ver con cómo nos alimentamos y otros hábitos de vida (como el ejercicio físico). Los malos hábitos alimentarios también inciden en una mala salud mental, por un déficit de nutrientes o diversas alteraciones en el metabolismo que llevan a un mal funcionamiento del cerebro.

Si es así, ¿por qué se ignora, con tanta frecuencia, el cuidado del “templo del espíritu” en nuestra tradición cristiana? Es más, podemos ver las actitudes de recelo hacia quienes comen diferente (vegetarianos, macrobióticos, etc.), como si se tratara de actitudes caprichosas e irresponsables, cuando probablemente haya una mayor responsabilidad hacia la propia salud en quienes comen así.

Podríamos pensar que detrás de una alimentación inadecuada hay una negligencia hacia el cuidado de la propia vida y de la propia salud. ¿No entra esto en contradicción con las ideas del cuidado de la vida y de que la vida es algo sagrado? Por no hablar de las interferencias en nuestro funcionamiento cotidiano que puede tener una mala salud física y mental. Ese mal cuidado de la salud física y mental que he podido observar en muchos ámbitos religiosos cristianos se puede tachar de irresponsabilidad y de negligencia con la propia vida. Por no hablar de la cultura que se genera en torno a esta inconsciencia: una cultura en la que se menosprecia el cuerpo y el cuidado del mismo, que se expande de forma irresponsable e inconsciente y genera daños en la salud de numerosas personas, que recurren al médico cuando ya es difícil reparar el daño…

Una espiritualidad sana debería ser más integradora, en contacto con el cuerpo y con la naturaleza, de tal forma que la idea de que la vida es sagrada y de que el cuerpo sea el templo del espíritu estuviera en consonancia con un cuidado responsable de nuestra salud física. 


Mejor recordemos a Hipócrates y quedémonos con su indicación de "que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina." Y con su idea de “Mens sana in corpore sano”.



domingo, 13 de noviembre de 2016

LIBERAR EL ALMA


Hoy se asoma a mi pensamiento esta idea de liberar el alma, una idea que se despierta por conversaciones recientes y por escuchar diariamente a tantas personas anhelando esa liberación que plenifique la vida.

¿Qué sería eso de liberar el alma? Entiendo que sería una liberación que permitiría la expresión nuestro ser real, de lo que fluye desde lo profundo de nosotros en cada paso del camino.

Para ello sería preciso pasar primero por encontrar el alma, por escucharla… Y una vez encontrada, dejarla ser desde lo profundo y expresarse por los cauces que nos muestren nuestra opción más auténtica. Entiendo que el hallazgo no es algo estático, es algo que fluye y se transforma en cada instante de vida. Si no sería un fósil de una idea estancada y vacía de nosotros mismos, un ídolo que impediría ver la realidad más profunda, un obstáculo para ver nuestra realidad esencial. Una de las muchas tentaciones en ese camino de la identidad que se quiere aferrar a formas estáticas, a ideologías acerca de quienes somos.

Ese llegar a encontrar al alma supone un proceso de escucha, de silencio, de mirar hasta lo más radical de uno, pasando por lo más extraño en nosotros. Todo esto supone un esfuerzo de atención y también un esfuerzo de crecimiento ordenado de nuestras potencialidades más auténticas, y una superación de lo que nos dificulta el acceso a lo más real.

Muchas veces libertad se entiende solamente por soltar cualquier cosa que emerja de nosotros, sin diferenciar si nos aporta o no algo esencial, se separa libertad de razón o de responsabilidad, se separa libertad de virtud. A veces también se confunde libertad con restricción o renuncia, que pueden generar menos libertad que la que se busca, si se expresan para superar miedos o inseguridades. Así que liberar el alma no parece tener que ver la liberación irracional e impulsiva de cualquier cosa que surge ni con la restricción constrictiva para generar una identidad parcial que nos de seguridad. Quizás sí sirve renunciar a elementos que nos dañan, como el egoísmo, la codicia, la envidia, etc. Esas renuncias sí parecen generar libertad... para ser y dejar ser a otros...

A veces pienso que liberar el alma es como afinar en primer lugar un instrumento, el instrumento que somos y, después, aprender a tocar en él la mejor melodía que podamos sacar de nuestro interior, una melodía que integre todas las notas, incluso las discordantes o desafinadas. Quizás, con la práctica, finalmente esas notas encuentren su lugar en la sinfonía global y la hagan única e irrepetible.  Es posible que esas notas discordantes, que a muchos les hacen sufrir o sentirse incoherentes encuentren finalmente lugar si solamente son aceptadas con amor y serenidad, y que al hacerlo, sepamos la parte de la partitura que les corresponde. Pues la tentación es rechazarlas, como si no fueran algo nuestro. Quizás la práctica de esa escucha interior, escuchando todo, incluso lo que no nos gusta, escuchando desde lo más profundo de nosotros, puede ayudar a que cada sonido interior tenga su lugar en la totalidad de nuestro ser, para que finalmente la melodía personal se pueda expresar con sabiduría y alegría.




Practiquemos y confiemos, cultivemos una vida interior que tienda a la armonía y al amor, en primer lugar a nosotros mismos, para amar así mejor a los otros. Aceptemos lo que surge, para mirar una y otra vez las luces y las sombras, para que así el cuadro resultante tenga algo que decir, aunque una y otra vez lo pintemos sin comprenderlo. Seguramente así acabe surgiendo una pintura con sentido y con alma.






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