domingo, 25 de febrero de 2018

¿QUÉ ES LA PSIQUIATRÍA INTEGRATIVA?

Imagen de Pixabay (geralt)

Desde que inicié mi formación como psiquiatra echaba algo en falta… Aprendía muchas cosas interesantes sobre la mente, el cerebro, la enfermedad mental, el sufrimiento, los medicamentos, etc. Pero tenía la sensación de que contábamos con recursos insuficientes para ayudar a nuestros pacientes y de que la propia formación recibida generaba una cierta disociación en nosotros mismos… La enfermedad mental era algo que les pasaba a otros a quienes teníamos que “arreglar”; otros que eran distintos a los que teníamos que cuidar desde un punto de vista médico, es decir, medicamentos, ingresos hospitalarios y a veces algún consejo que me parecía paternalista. Apenas se nos enseñaba nada de psicoterapia… Algunos buscamos por otros lares para complementar nuestra formación como psiquiatras y llegar a tener suficientes conocimientos y experiencias como para trabajar con ella.

Aunque en ciertos casos los planteamientos de la psiquiatría "normal" eran útiles, en otros veía grandes limitaciones e impotencia al ver que no se hacía más…

Durante mi carrera de Medicina me había encontrado con libros de Viktor Frankl, Erich Fromm, Carl Gustav Jung, Elisabeth Kübler Ross, entre otros. También aprendí mucho sobre la condición humana leyendo a los clásicos, apreciando el arte, leyendo filosofía, etc. Me parecía en el ser humano había mucho más que lo que la ciencia pretendía comprender con una metodología valiosa e interesante, pero limitada para ciertos ámbitos de profundidad psíquica.

También descubrí en mi misma los efectos de la alimentación, la naturaleza y el deporte. La psique mejoraba y se potenciaba con un cuidado adecuado de la dimensión biológica.

A todo ello se sumó la consciencia del valor que aporta una búsqueda en la profundidad de uno mismo, de los otros, en la realidad. Es decir, lo que aporta el cuidado de la dimensión espiritual en la salud general, de la meditación, de la contemplación, el yoga, etc. Y fui aprendiendo como el cuidado de esta dimensión añade consciencia al tener en cuenta valor de la propia vida en su totalidad (bio-psico-socio-espiritual). Esa idea de que el cuerpo es el “templo del espíritu” creo que es una buena metáfora de la importancia de integrar dimensiones humanas. Sin consciencia no cuidaríamos ni un gramo de nuestro ser o lo haríamos como una mera costumbre que repetiríamos de manera automática, seguramente con errores.

Con todos estos ingredientes sobre la comprensión del ser humano, se iba configurando en mi actitud vital y profesional la idea de buscar una psiquiatría adaptada a lo que sucede en la vida de quienes sufren, de una manera más global. Me planteaba, sin saberlo, desarrollar una línea de psiquiatría integrativa. Que es algo que yo no he descubierto, pues ya muchos hablaron de esto mismo con otros nombres… (el mismo Hipócrates era más integrativo que muchos médicos de hoy en día). En estos momentos simplemente lo adapto a los conocimientos que tengo y que he intuido que eran necesarios para los pacientes y para mí misma.

Un enfoque integrativo supone trabajar interdisciplinariamente y colaborativamente con otros profesionales (médicos, psicólogos, filósofos, nutricionistas, etc.): 

Los ingredientes fundamentales para una Psiquiatría integrativa considero que son los siguientes:

1.- Dimensión biológica:

Cuidado del cuerpo: lo que supone una nutrición correcta (a veces reforzada con ciertos suplementos) y adaptada a las necesidades y situación vital de cada cual. No valen dietas estándar. También supone cuidado del entorno en el que vivimos (contaminación ambiental, luminosidad en las viviendas, comodidad, etc.) y tener hábitos de ejercicio físico que sean adecuados para nosotros. El cuidado del cuerpo es la base para una buena salud física y mental (“mens sana in corpore sano” que decía Hipócrates). Pero también he descubierto que esto es imposible como norma externa o como mera recomendación paternalista. Sólo se cuida el cuerpo cuando se tiene consciencia de su presencia, vitalidad, etc. En general, en Occidente vivimos tanto en la cabeza, que resulta complicado empezar a recomendar a la gente que se cuide a este nivel, si antes no se vive “en” el cuerpo, si no se acepta como es, se valora la propia vida y se entiende que forma parte de la totalidad de lo que somos. Así que, paradójicamente, no suele ser posible empezar por aquí. Por más que esté en auge la psiquiatría nutricional, la promoción de estilos saludables, etc. Por otra parte podemos caer en el error de solo suplementar con sustancias “reforzantes” del sistema nervioso, sin ir a lo que hay de fondo en la falta de autocuidado… la inconsciencia, la desconexión de uno mismo, la falta de autoestima, etc.

Medicación: cuando es imprescindible. Para tratar enfermedades, si las hubiere, que empeoren el estado mental. Un buen diagnóstico médico es necesario en muchos casos de trastornos mentales, pues una enfermedad física afecta a nuestro estado psíquico (recordemos cualquiera el aplatanamiento y estado anímico que genera tener gripe). También, en ciertos casos, es preciso añadir medicamentos psiquiátricos (psicofármacos), que ayuden a quien sufre a aliviar sus síntomas, remontar un estado de ánimo bajo, calmar la angustia, el insomnio, la ansiedad o combatir pensamientos obsesivos o distorsionados, alucinaciones, etc.

2.- Dimensión psicológica:

Psicoterapia: sería el trabajo con la dimensión mental, superación de heridas psicológicas, miedos, bloqueos, etc. En cada persona se trataría de usar un enfoque psicoterapéutico adaptado a sus necesidades, momento vital, etc.  Este trabajo con la dimensión psíquica puede ayudar, además, a tomar menos dosis de medicación psiquiátrica (si fuera precisa), a tomar tratamientos psicofarmacológicos más breves, etc. Además, sería parte del trabajo que nos llevaría a la autoconsciencia, madurez, autoestima, etc. que posteriormente conduciría a un cuidado del cuerpo que parte de darse cuenta del valor de la propia vida, la importancia de la estructuración interna (ser capaces de llevar una vida organizada y ordenada) y de un amor a uno mismo. Así no sería una norma a cumplir, sino a una tarea a realizar en un enfoque de salud más global en el que uno se responsabiliza de sí mismo y se convierte en su propio cuidador y terapeuta, siga o no con un tratamiento psicológico o psicofarmacológico.

3.- Dimensión espiritual:

Espiritualidad: este cuidado partiría, en primer lugar, de la actitud del terapeuta de acogida y aceptación del paciente, como ser único e irrepetible, que ha de ser considerado en todas sus dimensiones y respetado. Evidentemente aquí hay también una dimensión psicológica, pero creo que el cuidado de la propia profundidad, ayuda a conectar con la profundidad del otro  y a quererle como es. En esta parte espiritual, se abriría la mirada más allá de las dimensiones biológica o psicológica, para considerar, desde la humildad, que somos más que individuos aislados y de que hay un misterio que nos sostiene e inspira cuando accedemos a él. El cuidado de la espiritualidad es también la consciencia del valor sagrado de la vida como algo a proteger, fomentar, etc. Lo que también nos llevaría a darnos cuenta del valor último de cada ser humano por sí mismo. Ciertas preguntas más profundas, la búsqueda de sentido en la vida más allá de estereotipos, la idea de que puede haber un sentido último de todas las cosas, puede ser de ayuda a muchas personas. Al menos, la dimensión de profundidad y de indagación profunda sobre la vida, puede hacernos más conscientes y completos. Y, en algunas personas, esta parte espiritual puede canalizarse en el ámbito religioso. Cualquier terapeuta ha de ser respetuoso con este ámbito de espiritualidad-religión, dejando que cada persona explore con libertad en esta dimensión de sí misma, dentro o fuera del ámbito de la relación terapéutica.

Meditación-contemplación: hoy en día la meditación está integrada en diversos tratamientos psicológicos, con más o menos acierto. Puede relacionarse o no con la espiritualidad, pero el hecho es que surge mucho antes de que existieran la psicología y la psiquiatría, en diferentes caminos espirituales. Por lo que por respeto a su origen, considero que ha de conectarse con la espiritualidad o con la profundidad humana y no desconectarse totalmente de su contexto original. En todas las tradiciones espirituales la meditación tenía que estar unida al comportamiento ético y al cultivo de la sabiduría (aprender a pensar, etc.). Sin esos ingredientes la meditación llega a ser incluso perjudicial para nuestra salud mental y espiritual.


4.- Dimensión social

Relaciones humanas: pongo por último esta dimensión, no porque sea menos importante, sino porque para que lo relacional se sostenga es importante cuidar todo lo demás. No debemos ser burbujas autocomplacientes que buscan la felicidad para sí mismas al modo narcisista. La configuración de nuestro ser se va fraguando con relaciones desde que nacemos hasta que morimos. Pero, en la medida que somos conscientes, nos podemos ir haciendo responsables de cómo nos relacionamos con los demás e ir aprendiendo en cada relación de cómo vivirla de la mejor manera, aunque no tengamos una receta de perfección y nos equivoquemos muchas veces.

- Otros aspectos sociales y culturales: Otros aspectos a tener en cuenta, que también considero fundamentales, son los elementos relacionados con el nivel de satisfacción de las necesidades básicas, pobreza, efectos en la salud mental de las guerras y agresiones diversas, actitudes culturales hacia la enfermedad, vulneración de los derechos humanos, injusticias, etc. Si los psiquiatras no tenemos en cuenta estos aspectos podemos estar simplemente poniendo parches a situaciones de injusticia y vulnerabilidad, o incluso colaborando con sistemas perversos.

5.- Dimensión ambiental:

- Naturaleza: Formamos parte de ecosistemas, por mucho que hayamos desvirtuado nuestros ecosistemas originales. Nuestra salud, depende cada vez más de cómo cuidamos nuestro medio ambiente y de la consciencia de que formamos parte de la naturaleza. Vivir totalmente alejados de ella también nos enferma. Incluso algunos hablan de un síndrome, detectado en niños, de ausencia de naturaleza. Parte de nuestra salud mental ha de estar conectada con la consciencia del cuidado de nuestro planeta, nuestro medio ambiente, lo que, incluso egoístamente nos facilitará vivir en unos entornos más adecuados y saludables.

Añado finalmente que nada de esto tiene mucho valor si quienes cuidamos de la salud de otros no empezamos por nosotros mismos… Y no hablo de salud perfecta (que quizás no exista), sino de estar en las condiciones adecuadas para vivir y ejercer nuestro trabajo con responsabilidad. Un instrumento dañado (nuestra mente), no podría funcionar de manera adecuada en su cotidianidad.

sábado, 3 de febrero de 2018

LA ESTRELLA QUE NOS HABITA



Algunas personas hablan de una luz que han hallado en lo más profundo de sí mismas, de una luz que les sostiene, que les inspira, que les alienta o que incluso súbitamente les sorprende y les deslumbra.


Esta es una experiencia común en personas de diferentes culturas. Quizás los destellos de esa "estrella" son visibles en el alma de las personas buenas y sinceras. Esa luz o estrella interior la han hecho explícita de la manera más sublime, los grandes místicos, los grandes expertos en la “astronomía del alma”.



Los místicos, a través de un viaje interior hacia su propio centro han encontrado esa estrella en el centro de sí. Por ejemplo, esa fue la experiencia de la mística castellana Santa Teresa de Ávila. Ella nos relata su viaje, hacia el centro luminoso de sí, considerando que su recorrido interior refleja algo universal, que todos podemos hacer. Ese viaje interior está reflejado en su libro “Las moradas del castillo interior”. Ella describe así el interior del ser humano: “considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas”. Su mirada del interior  nuestro nos plantea que tenemos algo valioso a lo que llama “un diamante”. También piensa que nos habita un “sol” que da “resplandor”, “hermosura” y “calor” en el centro del alma y que además nos provoca la sed de la búsqueda espiritual, de la verdad, etc. En sus palabras: “hay sol de donde procede una gran luz, que se envía a las potencias, de lo interior del alma.” Aunque para ella no siempre somos capaces de percibir esa luz de lo más profundo de nosotros, o bien hay un “nublado” que nos impide ver, por lo que haría falta un proceso o trabajo interior en sintonía con lo más profundo del alma (que para ella es Dios) para llegar realmente a "ver"

Tenemos también al místico musulmán sufí Yalal ad-Din Muhammad Rumi, que nos dice “Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar las barreras dentro de ti mismo que has construido contra él”. Es decir, que en nuestro interior, nos habita el amor, al que no solemos conocer. Un amor que se suele buscar ciegamente afuera, esperando respuestas que no están ahí, ya que están en lo más profundo de nosotros. Rumi también nos dice: “Hay una fuente dentro de ti. No camines con un cubo vacío” y “hay una mañana dentro de ti esperando a estallar en la luz”. Nuevamente son expresiones que nos hablan una verdad profunda o “estrella” luminosa que nos habita. 

Un testimonio más contemporáneo de esa experiencia de la luz interior está en este poema de Eloy Sánchez Rosillo que titula “La luz”:

No se puede prever. Sucede siempre
cuando menos lo esperas. Puede pasar que vayas
por la calle, deprisa, porque se te hace tarde
para echar una carta en correos, o que
te encuentres en tu casa por la noche, leyendo
un libro que no acaba de convencerte; puede
acontecer también que sea verano
y que te hayas sentado en la terraza
de una cafetería, o que sea invierno y llueva
y te duelan los huesos; que estés triste o cansado,
que tengas treinta años o que tengas sesenta.
Resulta imprevisible. Nunca sabes
cuándo ni cómo ocurrirá.


Transcurre
tu vida igual que ayer, común y cotidiana.
“Un día más”, te dices. Y de pronto,
se desata una luz poderosísima
en tu interior
, y dejas de ser el hombre que eras
hace sólo un momento. El mundo, ahora,
es para ti distinto. Se dilata
mágicamente el tiempo, como en aquellos días
tan largos de la infancia, y respiras al margen
de su oscuro fluir y de su daño.
Praderas del presente, por las que vagas libre
de cuidados y culpas. Una acuidad insólita
te habita el ser: todo está claro, todo
ocupa su lugar, todo coincide, y tú,
sin lucha, lo comprendes.

Tal vez dura
un instante el milagro; después las cosas vuelven
a ser como eran antes de que esa luz te diera
tanta verdad, tanta misericordia.

Mas te sientes conforme, limpio, feliz, salvado,
lleno de gratitud. Y cantas, cantas.



Son tantos los testimonios y experiencias de esta luz o estrella que nos habita, que me parece que al menos hay que poner un cierto empeño en recordarlo. Pero muchas veces las nubes internas se interponen en poder verla. Algunas veces solo nos llegan destellos sutiles de ella y otras sí captamos esa poderosa luz de la que Rosillo habla, aunque sea por un instante. No nos damos cuenta de lo que tenemos dentro, en lo más profundo de nosotros, y por eso nos podemos convertir en mendigos de amor, o de un poco de luz de otros, por no conocer la puerta del banco de riqueza y de luz infinita que está en lo más profundo de nosotros mismos. Quizás el vértigo que da pensarlo sea uno de los principales obstáculos para acceder a él... pero ¿no es más limitante quedarnos instalados en un rincón oscuro mientras la vida pasa?



Por muy oscuro que parezca nuestro horizonte interior, recordemos que es posible que nos habite una estrella, pues muchos antes de nosotros la encontraron. El buscarla, el mirar más allá de las nubes, o al menos recordar que está ahí, en lo profundo de nosotros, me parece una de las tareas más importantes de nuestras vidas. La otra tarea importante creo que está en recordarles a los demás que existe esa estrella que les habita, que puede iluminarles en su interior y que pueden encontrarla si la buscan; o incluso sin buscarla (como nos relata Eloy Sánchez Rosillo). 

Busquemos nuestra estrella, está ahí dentro, más cerca de lo que pensamos... 




Imagen inicial de pixabay: geralt 

domingo, 14 de enero de 2018

VIAJE A INDIA: ENTRE EL ÉXTASIS Y LA "BULIMIA TURÍSTICA"



Las pasadas navidades tuve la suerte de visitar India por primera vez en mi vida. Era un viaje pendiente desde hacía décadas. Quizás mitificado por lecturas adolescentes de viajeros espirituales o por testimonios de adictos al yoga y a la meditación.


Aunque es realmente difícil transmitir una experiencia paladeada desde latitudes con costumbres tan ajenas a las nuestras, no me resisto a escribir unas líneas acerca de esta experiencia de 12 días. Espero que algo se trasluzca a través de mis palabras.



Decidí apuntarme a un viaje organizado de una agencia con un perfil más alternativo y cultural, con la esperanza de no entrar en el típico viaje de circuito turístico. También porque en India no queda otra para iniciarse, que un viaje organizado, por lo que se dice de la peligrosidad del país para viajeros no iniciados en el mismo. Recorrimos Rajastán (la esquina superior izquierda de la India que, por lo visto, tiene la misma extensión que España).


Imagen de Wikipedia

Fueron 12 días intensos de conocer nuevos lugares, hacer nuevos amigos en ese “Gran Hermano” que acaba siendo un grupo de viajes, por la estrecha convivencia día tras día. Por suerte fue este un encuentro afortunado, pues he conocido a personas estupendas y he disfrutado mucho de los momentos compartidos.



Intentaré mirar un poco más allá de mis parámetros occidentales, que generarán sesgos perceptivos inevitables. Por ejemplo, las 3 horas de cola esperando en el aeropuerto en inmigración, a que te revisen pasaporte y visado, pueden exasperar la paciencia del más templado, y más teniendo en cuenta las horas de vuelo que llevábamos encima, y que eran casi las tres de la madrugada al aterrizar… No obstante, el saber algo de meditación y el haber vivido en otra cultura en la que el tiempo es relativo (Marruecos), me permitió cambiar el chip y mantenerme en un presente atento (no reptiliano) en el que conversar con otras personas que por allí andaban a la espera. Al final atravesamos la barrera del espacio-tiempo y llegó Delhi tras una amena conversación con una agradable pareja de colombianos que recorrían el mundo y que me contaron sus peripecias. Prueba superada: llegar con calma al final del primer obstáculo… Eran casi las 6 de la mañana y eso permitió ver de forma tranquila una Delhi que se desperezaba antes del alba. Tranquilidad, pocos coches y poca gente. Engañosa impresión de una de las ciudades más caóticas y pobladas del mundo (¿18 millones? No se sabe a ciencia cierta, pues no todo el mundo está censado).



A partir de ese momento se inició una frenética expedición de días en los que tuvimos la suerte de encontrarnos con lugares maravillosos. Ese día llegamos al hotel sobre las 6:30 a.m., a las 8:30 a.m. nos daban de desayunar para iniciar el periplo turístico a las 9:30 a.m. Sin apenas dormir nos sometimos condescendientemente a esa programación, también con la esperanza de que semejante ritmo nos haría adaptarnos más fácilmente al jet lag al dormirnos instantáneamente, al caer la noche, por agotamiento. Empezaba la "bulimia turística": durante varios días fuimos sometidos a una sobredosis de visitas a templos, mausoleos, palacios, cementerios, que para colmo se complementó con encerronas en emporios comerciales (nos soltaban en alguno de estos lugares en los que no había mucha opción de escape, para estimular nuestro consumismo insaciable de occidentales, creo que en esto el cansancio no ayuda a la regulación de la compulsividad con las compras). 



A favor de los organizadores he de decir que gracias a ese ritmo de gynkana turística pudimos visitar una cantidad de lugares que hubiera sido imposible para mis propias fuerzas y capacidad de previsión y de organización. He conocido lugares maravillosos e inolvidables como el Taj Majal. Solo por estar allí ha merecido la pena el viaje. 




Me pareció una belleza Jama Masjid, una mezquita situada en Delhi, que por lo visto es la más grande de la India. Curioso eso de que nos cubrieran con una prenda hasta los pies para poder entrar. Pero también a destacar la paciencia de muchos musulmanes que nos toleraban. Me sorprendió que algunos pusieran solo cara de un cierto malestar al ser fotografiados rezando por algunos turistas. No sé como se hubiera tolerado esa falta de respeto en otros lugares del mundo de cualquier otra religión. 

Mezquita Jama Masjid en Delhi

En la mezquita con lo que había que 
ponerse para poder entrar....

Precioso también el mausoleo en Delhi del Emperador Humayun. Curiosamente lleno de niños uniformados sonrientes y con ganas de conversación y risas con nosotros.

Mausoleo en Delhi del Emperador Humayun

Sorprendente Mandawa con sus hawelis o palacetes de nuevos ricos del siglo XIX cuyos descendentes han abandonado la zona para irse al sur del país. 

Haweli en Mandawa
Interior de un Haweli en Mandawa

Impresionante la ciudad de Bikaner, una antigua ciudad-fortaleza. El recorrer sus callejuelas me recordaba las medinas de Marruecos. Es curioso el parecido de la India con muchos lugares de Marruecos, tanto por el ambiente, como por el tipo de edificios, etc. Fue interesante entrar en un templo jainista, se respiraba dentro mucha paz, en mitad del casos de la ciudad. Una de las mejores experiencias en Bikaner fue que nos dejaran entrar en una boda india y que los invitados se fotografiaran con nosotros… 

Bikaner
Templo Jainista en Bikaner

Pero lo más sorprendente, cerca de Bikaner, en Deshnok, fue visitar el templo Karni Mata o “templo de las ratas”. Sí, un templo lleno de ratas por todas las esquinas, pues allí se consideran animales sagrados. Menos mal que no soy escrupulosa… Algunos de mis compañeros de viaje no lo pasaron muy bien allí.

"Templo de las ratas" en Deshnok

"Templo de las ratas" en Deshnok

Me impresionó también Vrindavan, una ciudad sagrada a las orillas del segundo río sagrado de la India (río Yamuna). Es una ciudad plagada de templos, en la que tuvimos la suerte de contemplar varios rituales simultáneos a la orilla del río al atardecer, en los ghats

A la orilla del río Yamuna en Vrindavan

Ceremonia a la orilla del río Yamuna en Vrindavan
Orilla del río Yamuna en Vrindavan
Vrindavan es también una ciudad plagada de monos, que se consideran sagrados. Uno de ellos le robó las gafas a una compañera de viaje, que fueron recuperadas por la sagacidad de un indio. 



En esta ciudad también nos llevaron al templo de los Hare Krishna, en el que pudimos presenciar uno de sus rituales de adoración a Krishna. En él los indios parecían relajados e implicados. Los occidentales conversos estaban totalmente abducidos e hipnotizados… En ellos veías el poder de la secta para haber anulado su individualidad. Impresionaba.

Visitamos aún más lugares, pero no quiero hacer esta entrada muy pesada. Han sido miles de experiencias y detalles que contar, y que es imposible abarcar en una entrada de un blog. Sólo quedan por mencionar, como relevantes, los impresionantes y lujosos palacios, que tanto contrastan con el caos, miseria y pobreza que vemos en las calles (aunque no tanta como esperaba, parece que India ha mejorado en este sentido en las últimas décadas).

Añado también un breve comentario acerca de la curiosa complejidad del Hinduismo, una mezcla sincrética y variada de cultos, templos y tradiciones milenarias. A nuestros ojos parece haber mucha religiosidad mágica (dioses-muñecos que se columpian, imágenes veneradas fervorosamente, tradiciones inamovibles, etc.). Pero en estas latitudes también hay religiosidad mágica, más difícil de captar así por el acostumbramiento. En fin, todo un reto para la reflexión transcultural. Una curiosidad es el columpio que aparece en la foto de más abajo, dedicado exclusivamente al dios Vishnú. Se considera que el dios se está columpiando en él pues hay una imagen del mismo encima del columpio:



La India es un país fascinante, lleno de contrastes (pobreza-riqueza, caos-armonía, espiritualidad-materialismo, etc.) que no nos puede dejar indiferentes. También nos permite darnos cuenta de los condicionamientos culturales al echar una mirada externa a una cultura tan diferente a la nuestra. Pero es importante no caer en la tentación de que nosotros estamos libres de dichos condicionamientos. Son distintos, por eso podemos ver la “paja en el ojo ajeno” y quizás más extremos (lo de los matrimonios concertados por los padres o la vida tan dura que espera a las viudas es difícil de digerir). 

Llama la atención lo que nos dijo el guía de que no se cuidan las cosas porque viven en el pasado y en el presente. Que estar en el presente supone no prever las cosas para mañana y no cuidarlas demasiado… ¿Puede ser eso lo que nos espere si entramos en modo mindfulness constante? Quién sabe…

Aunque fueron días muy intensos creo que para conocer esa cultura y ese país no es posible en 12 días y aún menos en plan “bulimia turística”. Creo que necesitaría un ritmo reposado, entrar en su modo de tiempo tranquilo y presente por unos días, para empaparme más del sentido de lo que allí sucede. Espero volver de otra manera y “vivir” la India. No quiero vivir secuestrada por un tour turístico y su frenético ritmo de consumo compulsivo de experiencias viajeras. Volveré de otro modo para saber donde estuve, como son sus gentes, en qué consiste esa cultura de milenios y cómo es su religiosidad, etc. Seguro que me quedan infinidad de cosas por descubrir que en mi viaje turístico no alcance ni a intuir...

El cómo viajamos parece ser un reflejo de cómo vivimos. Consumimos todo a un ritmo frenético: experiencias, relaciones, cosas. Lo curioso es que mis compañeros de viaje no parecían incomodarse por la bulimia turística y que incluso parecían satisfechos si se añadía alguna actividad adicional al apretado tour del día. Creo que, en general, vivimos demasiado hiperestimulados en nuestras latitudes y no nos sorprende viajar de ese modo. No nos paramos a digerir, paladear o a estar en silencio contemplando lo que sucede. Quizás en esto los indios puedan aportarnos algo de calma y mesura… Quizás aún me quede mucho por digerir después del viaje bulímico, para poder ser consciente de todo lo vivido, contemplado y experimentado... 

jueves, 14 de diciembre de 2017

¿ESCLAVOS DE IDEAS?

Imagen de Pixabay: aitoff

En cierto periodo de nuestras vidas necesitamos incorporar a nuestras mentes ideas que nos identifiquen, que nos hagan sentir que somos valiosos y buenos y que nos den un sentido de pertenencia a un determinado grupo. De este modo nos aliamos con ciertas ideologías que defendemos a capa y espada, con la sensación de estar haciendo lo correcto. Lo peor es que son contagiosas, nos invaden como los virus en nuestro sistema y pueden acabar hackeándolo..

Cuanto más definidas estén las ideologías que asumimos más fácil es seguir el pack de creencias correspondientes, asumir un lenguaje, unas pautas de comportamiento e incluso una forma de vestir. Por ejemplo, es más fácil ser de izquierdas o de derechas, asumiendo determinadas pautas de uno u otro bando, que reflexionar acerca de diferentes elementos políticos por separado. 

En algún momento de nuestras vidas todos hemos asumido acríticamente algún planteamiento que nos parecía bueno. A veces porque nos lo transmitía una persona de nuestra confianza, o la idea nos parecía que podía aportar algo para un mundo mejor, o bien porque alguien nos manipulaba o seducía hábilmente, etc. Cuanto más inmaduros seamos más fácil será manipularnos…

Las ideas se instalan cómodamente en nuestras mentes y cuanto más claras y contundentes sean mejor para sentirnos seguros. Así no es necesario pensar mucho. Así nos sentimos expertos e importantes en cualquier cosa: crecimiento personal, psicología, medicina, política, etc. 

El sentirnos expertos, justos, verdaderos o inteligentes nos aporta identidad y pocas cosas son tan adictivas como las identidades prestadas. Nos alivian mucho el vacío existencial y nos permiten dejar de pensar, dado que otros piensan por nosotros. Es la tentación de la pereza existencial, que sólo perpetúa el vacío mientras miramos en otra dirección y lo anestesiamos. Una buena anestesia es lo que nos hace sentir importantes, pues así sentimos que existimos y somos, ya que si defendemos la justicia de algo nos sentimos justos e valiosos, estamos jugando a ser los salvadores del mundo sin darnos cuenta de que somos esclavos del pack ideológico de turno, convirtiéndonos en peones y difusores de las ideas de moda. En general poniendo más empeño e incluso más agresividad en ello cuanto más inconscientes seamos. La insistencia con la que alguien quiere imponernos alguna idea suele ser un reflejo de su inconsciencia e ignorancia. Algo que es más flagrante si su insistencia va unida a agresividad y a descalificación personal. Todos somos testigos de estos fenómenos cotidianamente en las redes sociales, medios informativos, etc. Somos testigos de la tiranía de la ignorancia, que resulta dañina tanto si lo que se defiende es aparentemente justo como si no lo es. La cuestión es que esa supuesta lucha ideológica aniquila la libertad humana, la espontaneidad y la posibilidad de ser quienes podamos ser realmente. Y también nos impide ver la realidad, nos mantiene atrapados en matrix jugando por ejemplo a ser los justos, los buenos, los luchadores y currantes por un mundo mejor, como si formáramos parte de un videojuego gigante. 

Sé que da vértigo pensarlo… pero ¿qué tal si nos paramos a pensar por un momento en las ideas que defendemos con más insistencia y entusiasmo? ¿Las hemos generado realmente nosotros? ¿Conocemos su fundamento? ¿No es inquietante darnos cuenta de lo poco libres que podemos llegar a ser?


Imagen de Pixabay: DasWortgeband

sábado, 25 de noviembre de 2017

VIVIR CON "HERIDAS DE GUERRA"

Imagen de pixabay: Comfreak
Vivimos en la era del “bienestar”. Por todas partes se nos bombardea con ofertas de spa acuático para el relax físico, spa psicológico para el relax mental y spa espiritual para el bienestar del alma… Queremos estar bien a toda costa, eludir el sufrimiento y si este se da, que algo o alguien nos lo quite rápido, pues apenas tenemos capacidad para soportarlo.

Pero la realidad no es así, no está siempre la opción que responde a todos nuestros deseos, o no existe la píldora mágica para la felicidad permanente. El sufrimiento nos lo encontramos todos, antes o después, en mayor o menor grado en nuestras vidas. ¿Quién no ha experimentado alguna vez una “herida de guerra”? ¿Quién no ha sufrido alguna lesión en su vitalidad, confianza, sensibilidad, sentimientos, etc.? ¿Quién no se ha encontrado con personas injustas y egoístas o incluso malvadas que han lesionado su confianza en la vida? Incluso aunque no hayamos encontrado a esos "malos de película", todos nos relacionamos con personas que cometen errores, que se equivocan, que juzgan inadecuadamente, etc.; personas cuyas cegueras y limitaciones lesionan imprudentemente a otros. Experimentando más daños quienes son más vulnerables.  

Imagen de pixabay: Comfreak

De las malas experiencias muchos nos hemos llevado “heridas de guerra”. Una parte de estar vivos implica el riesgo de lesionarse con las vivencias, con las relaciones, etc.. Si camino por la vida me puedo caer o tropezar… Pero ¿esto implica que el riesgo de caerme me haga quedarme en casa para evitar la caída? Si hago esto, haría una lesión más grande a mi existir al quedarme inmovilizada por el miedo a experimentar una lesión o un contratiempo… Además de una herida, añadiría un perjuicio al malestar, como el de privarme de buenas experiencias que ampliaran mi perspectiva y horizonte vital.

Vivir implica un riesgo. De hecho, desde que nacemos podríamos morir. Pero mejor nos olvidamos de esto… Vivimos, inconscientemente, como seres inmortales que aspiran a una sonrisa beatífica permanente como fruto de un bienestar perenne… Algo que parece solo alcanzable si viviéramos siempre drogados o anestesiados. 

Con lo que planteo en este escrito no quiero decir que la felicidad no sea posible, sólo pretendo señalar que la felicidad no es un estado de placer o de risa permanente. Las personas que se consideran felices experimentan sufrimiento, sienten las cosas buenas y sienten las malas. No se quedan enganchadas en lo que las daña y disfrutan lo que les genera placer y bienestar. Experimentan la vida, abren su alma a experiencias que quizás ponen a prueba su propia vulnerabilidad. Sí, vulnerabilidad. Somos vulnerables y mortales. Normalmente queremos olvidarnos del dolor, para vivir en la inconsciencia que nos hace creer que felicidad es lo mismo que placer. No vemos que quizás lo que nos incomoda es también una oportunidad para ver más allá, para fortalecernos, para crecer. La felicidad es mucho más que el hedonismo (buscar placer), es también eudaimonismo (buscar sentido). Es decir, que no es el placer lo único que aporta felicidad, también lo es el eudaimonismo, una forma de encontrar sentido a la vida ligada a poner en práctica valores como el altruismo, o ser capaces de mirar por el bien común, o permitirnos ser creativos, etc. Las personas con felicidad eudaimónica (centrada en el sentido) se deprimen menos que aquellas que buscan felicidad hedónica (centrada en el placer), según muestran diversos estudios.

Por otra parte están los que sacan una cierta “rentabilidad” del sufrimiento. Consciente o inconscientemente la queja constante y el apego a su dolor les proporciona una identidad y sensación de que existen y les sirve para recibir diversas atenciones, o para eludir responsabilidades. Viven en la ficción de que sin estar situados en el rol de víctimas irredentas no existen. Es decir, un personaje llamado “víctima” se ha apoderado de sus vidas, pues así se obtienen algunos beneficios en el día a día. Pero esta actitud solamente sirve para sufrir más, a pesar de que parezca proporcionar unos ciertos beneficios. Ese personaje de “víctima” impide vivir la propia vida, impide la  propia libertad y es una cárcel que perpetúa aún más las “heridas de guerra”, porque supone seguir viviendo durante años como si la guerra no hubiese terminado, en un estado de terrible indigencia emocional y de sufrimiento perpetuo, por muy rentable que sea. Esa rentabilidad no son más que migajas que acaban aumentando la necesidad de existir y de ser querido, desde un lugar que para quién así vive supone no llegar nunca a su objetivo.

Las “guerras” y las “heridas de guerra” existen, pero las guerras suelen ser pasajeras (lo que pasa es que nuestra mente no siempre se da cuenta cuando la guerra ha terminado). Afortunadamente, esas “heridas de guerra” pueden curarse en unos casos, en otros aliviarse, y en caso de no ser posible lo anterior se trata de aprender a vivir con ellas, desde el lado más sano que todos tenemos. Estar con “heridas” no significa ser peor persona, ser inútil o estar incapacitado para tener una vida con sentido (felicidad eudaimónica), aunque cueste más encontrar momentos placenteros. Incluso hay personas “heridas” que han construido sus vidas y las de los demás con una actitud heroica, han sido capaces de mirar más allá de su propio sufrimiento, aprovechándolo para darse cuenta de que hay más “heridos” con los que hacer el camino y que es mejor acompañarse unos a otros en construir la realidad que solidificar burbujas heladas alrededor suyo que vuelven más dolorosas las heridas.

Las “heridas de guerra” ahí están. Son una muestra de nuestra vulnerabilidad como humanos que somos. No somos dioses, aunque a veces nos podamos creer esas ficciones narcisistas tan limitadas en las que parece que lo único que importa es la obtención del propio placer y queramos alargarlo indefinidamente. Probablemente, si esto algún día fuera posible, acabaríamos atrofiados, reblandecidos, obesos y tan limitados como los humanos de la película Wall-E, que acaban incluso perdiendo parte de sus huesos al no caminar, pues van sentados todo el día en una máquina que también les entretiene.



Como contraste tenemos los caminos de tantos héroes anónimos que luchan por un mundo mejor. Un ejemplo puede ser el de Frodo en “El Señor de los Anillos” que a pesar de sus “heridas de guerra” y limitaciones sigue luchando hasta el final por cumplir su misión, pues tiene un sentido para él. Ha asumido su responsabilidad para el bien de todos.



Ante las “heridas de guerra” asumamos nuestra responsabilidad por hacer lo posible por sanarlas (al menos del rencor ante quién las produjo, pues las envenena doblemente), y mientras no se alivian, o en el caso de que no puedan curarse acordémonos de todas las partes sanas de nuestra realidad bio-psico-socio-espiritual desde las que podemos seguir construyendo una realidad mejor para todos, con el ejemplo de una actitud que quizás ayude a salir adelante a nuestros hermanos heridos. Aunque unos heridos puedan más que otros, unos caminen y otros no, unos puedan elegir la mejor actitud y otros no, unos puedan reír y otros no… Tengamos o no heridas graves siempre está la opción de aportar algo desde los más pequeños detalles, hasta la más grandes obras. El dolor es una experiencia común a todos y lo que podamos hacer por aliviar el propio y el de otros siempre aportará más sentido que buscar el mero placer. Ojalá podamos pasar de la búsqueda del bienestar permanente, a la búsqueda del “bien-ser” progresivo…


Diariamente encuentro en muchos de mis pacientes a esos héroes anónimos que me muestran como son capaces de seguir viviendo incluso con graves “heridas de guerra” y que tienen la humildad de dejarse acompañar o de guiar en nuevos caminos, desde la supervivencia a la Súper-vivencia. Gracias a todos ellos por enseñarme tanto cotidianamente.